Conversaciones telefónicas

Le gustaba sentarse en el salón tras apagar todas las luces de la casa, para quedarse únicamente alumbrado por una lámpara. La tenía en una de las mesillas, junto al sofá, y aunque no hacía una luz especialmente clara, era suficiente. La había traído de un mercadillo de baratijas hacía cinco meses, y pocos días después de comprarla sucedió algo; algo que le aficionó a estar parado en ese rincón de la casa, cada día, durante horas. Podía afirmar que estando allí sentado, junto a la luz débil de la lámpara, había vivido algunos de los momentos más intensos que recordaba. Era consciente de que aquello que se los proporcionaba era una locura, pero le gustaba dejarse llevar. Ese lugar era especial, y el recuerdo de lo que allí pasaba, se quedaría con él para siempre.

Algunas noches al mes, mantenía las conversaciones telefónicas más raras que había tenido jamás. Precisamente, ese día había recibido una llamada. La primera de todas se produjo una noche en la que se sentía disperso leyendo un libro casi hipnótico de un escritor japonés. El aparato sonó entonces, y cuando respondió, empezó un extraño diálogo con una misteriosa voz de mujer.            
-Hola.
*¿Quién eres? 
-¿Puedes decirme qué hora es?             
*Las dos y veinte. ¿Quién llama?            
-¿Tienes cerca una ventana?    
*Sí, ¿por qué? 
-Me gustaría que me describieses la noche desde tu ventana. Desde la mía, la luna se ve muy clara hoy.

  
Pensaba que le estaban tomando el pelo, pero por más incisivo que se puso, no consiguió que su interlocutora diese información alguna sobre quién era. Estuvo tentado de colgar el teléfono ante la falta de respuestas, pero fueron transcurriendo los minutos y no se vio capaz. Además, esa voz…           
-Estamos en una noche parecida pero todo lo que nos rodea es diferente.      
*¿Cómo puedes saber eso?     
-Nunca nada es exactamente igual. Quisiera mirar el mismo cielo que ves tú.
*¿Y por qué no lo haces?            
-Porque no tengo tus ojos. Aunque dos personas miren lo mismo, lo que ven puede ser muy diferente. Piensa en dos personas que se miran y sienten cosas opuestas el uno por el otro. Con la realidad pasa una cosa parecida.     
*Creo que es más simple que todo eso. Hay cosas que son iguales para todos. Si hay nubes, los dos veremos que el cielo está nublado.        
-Pero donde yo veo indicios de lluvia, tú puedes ver que un pequeño rayo de sol está aflorando. Te lo he dicho: nada es exactamente igual.

La conversación siguió en un tono parecido durante media hora más. Pasado ese tiempo, la conexión se cortó sin explicación. Se quedó extrañado, y después de cavilar durante un rato, se durmió. A la mañana siguiente, al despertarse, notó el cuerpo dolorido por la posición y la cabeza la tenía embotada. Creyó que lo que recordaba lo había soñado o leído pero, lejos de eso, poco más de una semana después volvió a recibir otra llamada. 
-Hola.
*¿Quién es?     
-¿Está lloviendo?            
*Quiero saber por qué me llamas.         
-Responde, por favor. ¿Está lloviendo?               
*Sí.

La conversación volvió a alargarse y esta vez más que la anterior. Sin saber muy bien por qué, él respondía a todo lo que aquella mujer le preguntaba. No olvidaba que estaba hablando con una desconocida que le llamaba de madrugada, para conversar de una forma que no llegaba a tener sentido. A partir de esa segunda noche, las llamadas se sucedieron con más frecuencia. Normalmente pasaba una semana, aunque solía variar. Hablaban de muchas cosas, algunas de las cuales él no se sentía capaz de tratar con nadie más. Se podía decir que empezaban a confiar el uno en el otro, aunque ella nunca se comprometía en la información que daba sobre sí misma. Respondía con evasivas o con explicaciones que no tenían conexión con la conversación. A la mañana siguiente, él era incapaz de no repasar sus palabras meticulosamente. Necesitaba saber más de esa mujer, necesitaba conocerla, y sabía que estaba desarrollando por ella una verdadera obsesión. Esperaba ansioso la llegada de la noche para poder sentarse en el sofá, con la lámpara encendida y con el teléfono entre las manos. Si éste no sonaba, se dedicaba a pensar en ella.

Pasados los meses, en una de las llamadas, ella le dijo con la voz entrecortada:
-¿Sabes? Suele ser redundante todo lo que me rodea la mayor parte del tiempo. Quisiera recuperar esa energía que me daba el creer en las personas. Pensaba que las grandes historias eran posibles, pero ahora me doy cuenta de que no. Vivo una gran mentira y ya no sé cómo mirarme al espejo. No tengo más excusas que ofrecerme: la vida me ha fallado.    

Conforme acabó de decir eso, la llamada se cortó. Quería preguntarle la razón de sus palabras, pero pasó mucho tiempo hasta que ella volvió a llamarle, y él esperaba una explicación que nunca llegó. Empezó a ver en ella algo que no había visto en otra mujer y eso que apenas se conocían. Eso sí: era evidente que había vivido algún tipo de tragedia que le había cambiado. En cierto sentido, se sentía cómplice de ella por saberlo, y pensaba que si dejaba de llamarle, que si desaparecía de su vida, no se lo iba a perdonar.             
-¿Crees que estoy loca?             
*No.
-No te creo.      
*Nunca había conocido a alguien como tú, capaz de reflexionar de la forma en la que tú lo haces. Eres profunda.        
-¿Profunda? Quizá sólo sea mi eco.       
*Tu eco y tú sonáis profundos.

Él pensaba que algo la había asustado tanto que le había llevado a esconderse detrás de un teléfono, de un desconocido y de continuas evasivas, y así justificaba la extraña relación que ambos compartían. A veces pensaba que el loco era él porque se había sumergido en una realidad delirante, pero estaba intrigado por llegar al fondo del asunto. Tenía miedo de que en el intento, ella se marchase sin dejar rastro o se perdiese a sí misma. Sabía que eso le haría perderse a él. La luz que la mantenía atada al mundo era débil, como el resplandor de su lámpara, y la cordura por la que ella se regía era una línea muy fina a la que él estaba atado también. Llegó a creerse enamorado de esa desconocida, de su voz, y empezó a atormentarse con que ella desaparecería. Eso le condujo a dormir menos cada noche, hasta el punto de la exasperación. No podía quitarse la idea de que ella podía desvanecerse tan rápido, tan repentinamente y tan inesperadamente como había llegado a su vida.

Las conversaciones se afianzaban cada vez más. Compartían reflexiones más intensas y ponían más de sí mismos en las cosas que decían. Esa noche, la noche en la que comenzó este relato, ella le dijo lo siguiente:
-A oscuras es cuando veo con más claridad aquello que estoy pensando. Es cuando menos me atormentan mis fantasmas y creo estar viviendo mi vida del pasado.               
*¿Estás a oscuras ahora?            
-Sí.
*Me gustaría que dejases de vivir en el pasado. Tú formas parte de mi presente, yo debería formar parte del tuyo también.                
-Supongo que sí.            
*¿Llegaré a verte algún día?     
-Mi imagen no tiene que ser importante para ti.            
*Y no lo es, pero quiero mirarte a los ojos y entender todo lo que hemos hablado durante estos meses.  
-Hemos tenido una relación rara.           
*Sí, pero quiero pensar que en el fondo no somos tan raros y que lograremos adaptarnos, que seremos capaces de hablarnos cara a cara.   
-Ten paciencia.

Esa noche se acostó tranquilo. No se habían dicho nada especial, pero la esperanza se apoderó de él y creyó haber dado un paso importante. Se durmió profundamente, como hacía meses que no dormía, y cuando despertó a la mañana siguiente, seguía sintiéndose relajado. Se levantó y fue al salón. Miró hacia el sofá y la lámpara, ahora bañados por la luz del sol, y decidió alzar más la persiana de la ventana que estaba al otro lado de la habitación. Cuando lo hizo, vio revuelo en la calle y abrió el cristal, pero  no logró entender qué pasaba. Había una ambulancia y varios coches de policía. Se puso el abrigo encima del pijama, unas zapatillas, y bajó a la calle. Al llegar abajo y rodear a la gente que se agolpaba para contemplar el suceso, distinguió algo: una sábana blanca manchada de sangre cubría un cuerpo que yacía inerte en medio de la calzada. “Vaya, y yo que me había despertado contento”. Se quedó un rato contemplando la escena y escuchando los comentarios que hacían los que llevaban un buen rato allí.   
-Es una chica joven, vivía en el décimo piso.-dijo una señora.   
-¿La conocías? –le respondió otra.         
-Conocí a sus padres pero se marcharon hace años.      
-¿Y la chica?       
-Sé que estudió en la universidad y que tenía trabajo, pero hace meses que no la veía. Me atrevería a decir que no salía de casa.

Inmediatamente, se acordó de la chica de la que hablaban. Los padres de ella eran amigos de los suyos, y recordaba que habían jugado juntos cuando eran pequeños. Él pensaba que ya no vivía nadie en ese piso. Dio por saciada su intriga y subió a casa a prepararse el desayuno. Intentó apartar el suceso de su cabeza para volver a pensar en la noche anterior. Esbozó sin quererlo una sonrisa. Había encontrado en ella la ilusión que muchas personas no tenían. “Probablemente, la vecina de arriba no tenía algo que la hiciese sentirse viva, yo sí”. Pero cuando pensó esto, por su mente pasó una de las conversaciones que tuvo con su amiga telefónica unos meses atrás.
-Tengo la sensación de que estoy fuera.           
*¿Fuera de qué?
-Del mundo.
*Tú formas parte del mundo.
-Tú me atas a él. Ojalá pudiésemos dar un paseo para que me enseñases a desenvolverme por las calles como solía hacer antes.
*¿Acaso no sabes?
-Olvidé cómo hacerlo. Dejé de sentirme segura ahí afuera.
*Yo puedo enseñarte a hacerlo otra vez.
-Ojalá puedas.

La taza que sostenía en la mano cayó al suelo partiéndose con un ruido ensordecedor. “¿Y si la chica muerta es ella? ¿Y si ha decidido abandonarse?”. Empezó a cavilar, a dar vueltas por el pasillo y recuperó la sensación de agobio de la que se había liberado la noche anterior. No sabía el tiempo que estuvo dando vueltas por la casa, perdió la noción del paso de las horas. Estaba ido, angustiado. Sus pies no se detuvieron hasta que no hubo oscurecido, y por fin consiguió sentarse en una silla. Casi en ese mismo momento, pasó lo que creyó que nunca volvería a suceder: el teléfono empezó a sonar.


B.

2 comentarios:

  1. Anónimo dijo...:

    Hay quién sabe juntar meras palabras y quien juega con ellas exponiéndose a perderlo y a ganarlo todo. He podido imaginarme cada escena de éste relato, cada gesto, me he quedado con ganas de más, me ha encantado. Buen ritmo y mejor fondo. Bien hecho!

    PD: Estoy a la espera de saber cómo continúa ésta historia, no nos puedes dejar así!

  1. Unknown dijo...:

    Nice and interesting expression.

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